Pan y culpa
La campana de la iglesia del pueblo sonaba cuando Edgardo salía de comprar el pan un lunes a media mañana, a los tumbos contra una fila de clientes abarrotados e innecesariamente desesperados. Se iba ofuscado por el sobreprecio, al ser la única panadería abierta ese día.
Con las pantuflas de tigre y la bata mal cerrada, regresaba al hogar pasando vergüenza, orgulloso de su inescrupulosidad.
Cruzando la calle, en la esquina que da a la ferretería de don Julio, vio un tumulto de gente casi tan amontonada como en la tienda, un círculo de peatones que levantaban las cabezas y buscaban ver por encima de los demás. Algo ocurría.
Dudó muy brevemente en acercarse, pero al final cedió al morbo del espectáculo y se aproximó acelerado, llevándose una galleta a la boca.
¿Qué pasa? - Le preguntó sin saludar a doña Marta, la viuda dueña de la farmacia a dos cuadras.
No sé, algo pasa seguro, pero no puedo ver nada y la gente no se corre. Seguro atropellaron a alguien. Hoy, los jóvenes van locos con las motos. - se llevó la mano al mentón y, sin mencionarlo abiertamente, no dejó de pensar en cierta minoría que, según su entendimiento, se dedicaba al reparto de comida.
Bueno, voy a ver, quizás alguien necesita ayuda.
Vaya vaya, después me cuenta, dejé la pava para el mate en el fuego.
Edgardo le dio la espalda mientras manoteaba un segundo bocado. Se acercó a la ronda cada vez más concurrida e intentó rodearla, buscando una apertura lateral. Se alcanzaba a oír cierto murmullo y algún que otro quejido desde dentro, pero no se distinguían palabras.
Trató por un lado y el otro, pero la masa humana era ciertamente impenetrable. Empujar era impensable; no bajaría a ese nivel, no era un bárbaro. Por eso recurrió a un método de dispersión mucho más sofisticado y elegante: el soborno.
Fue ofreciendo miñones y flautas al ferretero que había descuidado el negocio, al sodero impago, a la vieja neurótica de la mercería y cada nuevo conocido con el que se iba topando.
El tumulto resultó mucho más profundo de lo que parecía a primera vista, pero a costa de vaciar la bolsa de panes llegó a coimar a casi todos y apartó a los últimos tres. La turba se cerraba herméticamente detrás de él, como si quisieran preservar un secreto. El cuchicheo crecía con celeridad.
Ya fastidioso pero decidido, llegó al centro, a la primera fila de cara al hecho. Y entonces lo descubrió. Una verdad que era mejor ignorada le fue propia, un destino que pocos añoran y una carga insoportable.
Pronto sintió un escalofrío recorrerle la espalda y una sabiduría ajena lo asió por detrás. Exánime, vio cómo sus vestiduras caían al suelo por el peso del saber y el agarre firme del destino que le bajaba la cabeza.
El eco de susurros era ahora total, las miradas del vecindario se pesaban por toneladas y las lenguas viperinas firmaban el aire en cursiva grotesca.
La gente de la ronda observaba impactada, e incluso le pareció ver al diablo entre la muchedumbre. El olor a pecado se empezaba a notar, casi metálico.
Las campanas de todas las iglesias volvieron a sonar en señal de alarma y gemidos apagados se filtraron entre el barullo.
Abatido, dio paso libre al bastón del juicio, al campanazo final.
La bolsa estaba ahora vacía de pan, pero llena de culpa.
Para el pesar de Edgardo, se estaban cogiendo a los curiosos.

